Era
miércoles. Estábamos listos para el mitin. Me despedí de mi madre y le prometí
que estaría de regreso para antes del mediodía. Yo quería regresar, estaba a un
año de salir del bachillerato, tan sólo tenía 17 años. Llegué a la plaza de las
Tres Culturas junto con unos compañeros de la UNAM y del Politécnico Nacional.
Todo estaba tranquilo hasta que escuché disparos, muchas detonaciones, tenía
miedo, corrí, quería irme, pero una bala me atravesó la cabeza. Sólo quería
voz, sólo quería libertad.
Buen
día, mi nombre es Emiliano Vidal Tavera, soy estudiante de la escuela
preparatoria estatal No. 10 Rubén H. Rodríguez Moguel. El relato que acaban de
escuchar es ficticio, pero sin duda alguna representa lo que miles de jóvenes
vivieron ese miércoles 2 de octubre de 1968, cuando decidieron ejercer su
derecho a participar en la vida pública del país.
México,
a lo largo de los años, ha sido un país que se ha encargado de limitar y reprimir
las ideas y pensamientos de los adolescentes, engañándonos con la idea de que
la democracia sólo existe cuando se deposita un voto cada tres o seis años; que
la política es asunto de aquellos con más experiencia que nosotros y que
nuestra participación y opiniones acerca de la situación pública de nuestro
país es totalmente nulas al no tener la mayoría de edad.
Muchos
pensarían que los derechos humanos y la democracia, son aspectos que no tienen
relación entre sí, que se encuentran en total alejamiento uno del otro, pero se
equivocan, pues ambos tienen un objetivo en particular: permitir que las
personas vivan dignamente y con comodidades.
Es
muy sencillo reconocer que uno de los derechos que está totalmente ligado a
estos aspectos es “la libertad de expresión” el cual según los artículos 6° y
7° de la carta Magna de nuestro país y el artículo 19° de la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, nunca debe ser privado, prohibido o
restringido de nosotros, pues es algo que constituye nuestro desarrollo humano
y la relación con nuestro contexto social.
Entonces,
si expresar nuestra opinión es un derecho humano que toda persona en el mundo,
sin importar cuál sea su condición, puede ejercer ¿por qué cuando nosotros, los
adolescentes, queremos dar nuestra opinión acerca de sucesos o aspectos
político-democráticos que sean de interés para nuestra comunidad, terminamos
callados, regañados y burlados? ¿Por qué nos hacen pensar que nuestras ideas y
planteamientos son menos que los de otros? Siempre se usa la misma
justificación o respuesta: “porque no tenemos la mayoría de edad” o “porque no
mostramos el interés suficiente”.
Todos
estos pensamientos, nos han llevado a generar la idea de que la culpa de estas
injusticias y restricciones son responsabilidad absoluta de un organismo:
nuestro mismo gobierno. Pero no se equivoquen. La culpa no es tanto suya, sino
nuestra. Nuestra porque nos hemos creído la fábula de que nuestra sociedad vive
en una democracia sólida y absoluta, que permite la libertad de expresión y la
participación ciudadana de chicos y grandes, hemos creído que nuestro país es
una nación que nos permite ejercer con seguridad y plenitud este derecho que se
nos ha otorgado desde hace 102 años.
La
culpa es nuestra, por quedarnos inertes detrás de un teléfono, por perder el
interés en la historia y creer lo que nos han pintado los libros de texto
durante más de 90 años. Ha sido nuestra responsabilidad, por engañarnos con la
idea de que hasta que no tengamos 18 años lo que pase en México no es nuestro
problema y no nos afecta en nada. Nuestro mayor error es dejar que otros
decidan por nosotros, algo que ha impedido que las nuevas generaciones puedan
generar una postura analítica sobre lo que sucede dentro y fuera de nuestro
país.
Es
importante y necesario, que los jóvenes se preocupen por ejercer estos
derechos, pues son fruto de numerosos años de conflictos, de sangre y
sufrimiento. Son resultado de movimientos como el del 2 de octubre de 1968, donde
tantos niños y personas que sólo querían ser tomados en cuenta, se toparon con
gobiernos autoritarios y sin tolerancia alguna.
Necesitamos
utilizar la libertad que tenemos para expresarnos, para tratar de motivar y
guiar a otros jóvenes que se encuentran perdidos en este mundo de engaños, para
enseñarles todo lo que se tuvo que luchar para tener lo que hoy en día gozamos
y así crearles conciencia y sentido de pertenencia. Necesitamos empezar a
involucrarnos en lo que pase en nuestro país y sociedad para no caer en los
mismos errores que nuestros padres y abuelos cometieron: permitir que otros tomen
el control sobre nuestras vidas y país.
Estoy
cansado de tantas injusticias, debemos participar y hacer valer nuestros
derechos, hacerle ver al país que estamos listos para tomar nuestras propias
decisiones, que podemos elegir lo mejor para nosotros y para nuestra nación. Yo
creo que, si somos capaces de responder a aquellas peticiones con
responsabilidad, tendremos el gran aval para continuar con este levantamiento
masivo de conciencias.
¿Realmente somos el
futuro de México si aprendiendo del pasado y viviendo el presente, no damos la
talla?
Hoy
es miércoles, me levanté listo para este concurso, me despedí de mi madre y le
prometí que haría una buena participación; fui a la escuela, di lo mejor de mí
como todos los días, reí con mis compañeros y estoy seguro que lo haré por
mucho tiempo más, aún no quiero irme, porque tengo voz, valentía y libertad.
Muchas
gracias.
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