En
la anhelada y lejana tierra de Ciudad Caucel, vivía un íncola de clase media,
honorable y joven de nombre Kevin Martín Salazar. Entre los habitantes de la
región se le conocía “como el relojero de oro”, pues cada amanecer tenía la
misión de encaminarse puntualmente hacia su instituto sin importar obstáculos o
malestares, pues sabía que era fundamental cumplir con las obligaciones de toda
imberbe persona.
Un
día del mes de mayo, Salazar se encontraba subiendo al transporte público de
forma rutinaria y sin problemas, cuando de repente, un deformado y olvidado
tramo del camino hizo saltar de forma violenta al camión junto con todos los
pasajeros, causando que Kevin se diera un enervante golpe con uno de los
agarres de la parte superior, el conductor se detuvo preocupado, pues no sabía
si el chico estaba bien. Después de unos minutos donde el mador era totalmente
visible sobre su cabeza y castaña, el joven despertó con una actitud un tanto
distinta.
-
“¿Qué hago en esta carrosa de metal?”
Preguntó con una mirada desorientada y ante las miradas de decenas de personas.
-
“Oye chico tranquilo ¿estás bien?”
Declaró el preocupado conductor.
Después
de aquel pequeño intercambio de palabras Kevin fijó sus ojos hacia la salida
del camión y se dirigió hacia ella sin ser detenido por nadie.
-
“Soy Sir Salazar de Caucel, caballero
puntual” Exclamó antes de salir de la unidad de transporte.
Ya
en el exterior no sabía a donde ir, pues no estaba totalmente seguro de donde
se encontraba. Miró al cerúleo cielo y supo que tenía que ir al norte ¿por qué?
Ni el mismo lo conocía, pero sentía que algo lo aguardaba ahí. Después de un
cuarto de hora de camino se encontró con su escuela, la cual en ese instante era
desconocida para él. Se quedó un rato observando la entrada cuando escuchó la
estruendosa voz de un ser que parecía poderoso, inigualable y te apariencia
glabra.
- “¡Por
la espada de Merlín, este hombre debe tener encerrados a todas esas personas
que se encuentran dentro de este novedoso estilo de calabozo!” Exclamó con
total angustia.
Era
demasiado claro que el pensaría que aquella ordinaria escuela fuera un calabozo
al observar que los ingresados se encontraban clasificados por uniformes de
colores. Quería salvarlos, pero no sabía como entrar, hasta que observó que uno
de los esbirros de aquel ser gigante, dejó el portón abierto y sin seguridad.
Tomó la escoba que estaba en la entrada y exclamó:
- “Por los poderes que Macbeth me concedió
juro apuñar esta espada con honor hasta el final”.
Ya
adentro actúo sigilosamente, no quería ser descubierto, exploró lo que era la
dirección y algunos salones principales, hasta que escuchó que el villano se
acercaba, por lo que no tuvo otra opción que esconderse en el baño más cercano,
el de mujeres. Creía que ahí estaría seguro y sin riesgo hacer descubierto,
cuando de repente, escuchó la voz de una fémina totalmente indignada por su
presencia en ese lugar.
-
“Oye amigo, no deberías estar aquí es el
baño de mujeres”. Le dijo con enojo.
Sir
Salazar estaba apenado, se sentía deshonrado y condenado, nunca había visto a
una mujer que usará tal lenguaje con él. No obstante, se había percatada que al
igual que el resto llevaba un uniforme, lo que significaba que también era una
ilota de aquel glabro con voz gruesa.
- “Me he percatado que también se
encuentra esclava de los poderes de aquel gigante que ronda por los pasillos”.
Le dijo con gran formalidad.
La
chica estaba confundida, pues no sabía a que gigante se refería, por lo que le
exigió que saliera del baño, cuando en un momento de temor escuchó nuevamente
la voz gruesa del negrero, por lo que tomó a la mujer y la encerró en un
cubículo con el fin de protegerla, una vez que pasó el esclavizador le dijo:
-
“No os preocupéis, yo la protegeré, debe
permitirme persuadirla de huir conmigo, una dama de tal venusto rostro no
debería vivir en tales condiciones”. Le agregó.
La
tronga mujer quería su libertad, por lo que empezó a gritar que la soltara.
-
“Tengo que irme, debo suponer que no es
la única persona en problemas, pero antes, dígame su nombre, necesito
conocerlo”.
- “¡Dylan, me llamo Dylan!”
Gritó con el fin que alguien lo escuchara y viniera a su verdadero rescate.
-
“¿Dylan? Hermoso nombre, la llamaré si
usted me permite Crushinea de… ¿en dónde es aquí? Sí no es mucha molestia”.
Le preguntó.
-
“Los Balcones III”. Le respondió.
-
“¡Perfecto, no os preocupéis Crushinea de
Balcones, mi quillotra del alma, volveré por usted!” Dijo antes de
marcharse.
Salió
del baño decidido a librarse de aquel villano que había bautizado como Lord
Neil “El destructor”, hasta que un esférico, un balón de basquetbol lanzada por
Bryan Kin Flores, un estudiante y miembro de la selección de la escuela, lo
golpeó en la cabeza, haciéndolo recobrar la cordura.
Fue
llevado a un hospital donde había sido atendido debido a la conmoción que había
sufrido, donde entre explicaciones y recuerdos, todos se encargaron de hacerle
saber su “hazaña” que había intentado culminar, entregándole no sólo el apodo
del “Bienquisto” por su loca aventura, si no su reporte y citatorio que se le
había otorgado en reconocimiento a su valentía.
Fin.
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