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domingo, 3 de noviembre de 2019

Sir Salazar de Caucel (Parodia a Don Quijote de la Mancha)


En la anhelada y lejana tierra de Ciudad Caucel, vivía un íncola de clase media, honorable y joven de nombre Kevin Martín Salazar. Entre los habitantes de la región se le conocía “como el relojero de oro”, pues cada amanecer tenía la misión de encaminarse puntualmente hacia su instituto sin importar obstáculos o malestares, pues sabía que era fundamental cumplir con las obligaciones de toda imberbe persona.
Un día del mes de mayo, Salazar se encontraba subiendo al transporte público de forma rutinaria y sin problemas, cuando de repente, un deformado y olvidado tramo del camino hizo saltar de forma violenta al camión junto con todos los pasajeros, causando que Kevin se diera un enervante golpe con uno de los agarres de la parte superior, el conductor se detuvo preocupado, pues no sabía si el chico estaba bien. Después de unos minutos donde el mador era totalmente visible sobre su cabeza y castaña, el joven despertó con una actitud un tanto distinta.
- “¿Qué hago en esta carrosa de metal?” Preguntó con una mirada desorientada y ante las miradas de decenas de personas.
- “Oye chico tranquilo ¿estás bien?” Declaró el preocupado conductor.
Después de aquel pequeño intercambio de palabras Kevin fijó sus ojos hacia la salida del camión y se dirigió hacia ella sin ser detenido por nadie.
- “Soy Sir Salazar de Caucel, caballero puntual” Exclamó antes de salir de la unidad de transporte.
Ya en el exterior no sabía a donde ir, pues no estaba totalmente seguro de donde se encontraba. Miró al cerúleo cielo y supo que tenía que ir al norte ¿por qué? Ni el mismo lo conocía, pero sentía que algo lo aguardaba ahí. Después de un cuarto de hora de camino se encontró con su escuela, la cual en ese instante era desconocida para él. Se quedó un rato observando la entrada cuando escuchó la estruendosa voz de un ser que parecía poderoso, inigualable y te apariencia glabra.
 - “¡Por la espada de Merlín, este hombre debe tener encerrados a todas esas personas que se encuentran dentro de este novedoso estilo de calabozo!” Exclamó con total angustia.
Era demasiado claro que el pensaría que aquella ordinaria escuela fuera un calabozo al observar que los ingresados se encontraban clasificados por uniformes de colores. Quería salvarlos, pero no sabía como entrar, hasta que observó que uno de los esbirros de aquel ser gigante, dejó el portón abierto y sin seguridad. Tomó la escoba que estaba en la entrada y exclamó:
- “Por los poderes que Macbeth me concedió juro apuñar esta espada con honor hasta el final”.
Ya adentro actúo sigilosamente, no quería ser descubierto, exploró lo que era la dirección y algunos salones principales, hasta que escuchó que el villano se acercaba, por lo que no tuvo otra opción que esconderse en el baño más cercano, el de mujeres. Creía que ahí estaría seguro y sin riesgo hacer descubierto, cuando de repente, escuchó la voz de una fémina totalmente indignada por su presencia en ese lugar.
- “Oye amigo, no deberías estar aquí es el baño de mujeres”. Le dijo con enojo.
Sir Salazar estaba apenado, se sentía deshonrado y condenado, nunca había visto a una mujer que usará tal lenguaje con él. No obstante, se había percatada que al igual que el resto llevaba un uniforme, lo que significaba que también era una ilota de aquel glabro con voz gruesa.
- “Me he percatado que también se encuentra esclava de los poderes de aquel gigante que ronda por los pasillos”. Le dijo con gran formalidad.
La chica estaba confundida, pues no sabía a que gigante se refería, por lo que le exigió que saliera del baño, cuando en un momento de temor escuchó nuevamente la voz gruesa del negrero, por lo que tomó a la mujer y la encerró en un cubículo con el fin de protegerla, una vez que pasó el esclavizador le dijo:
- “No os preocupéis, yo la protegeré, debe permitirme persuadirla de huir conmigo, una dama de tal venusto rostro no debería vivir en tales condiciones”. Le agregó.
La tronga mujer quería su libertad, por lo que empezó a gritar que la soltara.
- “Tengo que irme, debo suponer que no es la única persona en problemas, pero antes, dígame su nombre, necesito conocerlo”.
- “¡Dylan, me llamo Dylan!” Gritó con el fin que alguien lo escuchara y viniera a su verdadero rescate.
- “¿Dylan? Hermoso nombre, la llamaré si usted me permite Crushinea de… ¿en dónde es aquí? Sí no es mucha molestia”. Le preguntó.
- “Los Balcones III”. Le respondió.
- “¡Perfecto, no os preocupéis Crushinea de Balcones, mi quillotra del alma, volveré por usted!” Dijo antes de marcharse.
Salió del baño decidido a librarse de aquel villano que había bautizado como Lord Neil “El destructor”, hasta que un esférico, un balón de basquetbol lanzada por Bryan Kin Flores, un estudiante y miembro de la selección de la escuela, lo golpeó en la cabeza, haciéndolo recobrar la cordura.
Fue llevado a un hospital donde había sido atendido debido a la conmoción que había sufrido, donde entre explicaciones y recuerdos, todos se encargaron de hacerle saber su “hazaña” que había intentado culminar, entregándole no sólo el apodo del “Bienquisto” por su loca aventura, si no su reporte y citatorio que se le había otorgado en reconocimiento a su valentía.


Fin.

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