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viernes, 8 de noviembre de 2019

Discurso de oratoria ganador del 3er lugar en el concurso de la CODHEY y 1ero de la Preparatoria Estatal No. 10 "Rubén H. Rodríguez Moguel" en 2019


Era miércoles. Estábamos listos para el mitin. Me despedí de mi madre y le prometí que estaría de regreso para antes del mediodía. Yo quería regresar, estaba a un año de salir del bachillerato, tan sólo tenía 17 años. Llegué a la plaza de las Tres Culturas junto con unos compañeros de la UNAM y del Politécnico Nacional. Todo estaba tranquilo hasta que escuché disparos, muchas detonaciones, tenía miedo, corrí, quería irme, pero una bala me atravesó la cabeza. Sólo quería voz, sólo quería libertad.
Buen día, mi nombre es Emiliano Vidal Tavera, soy estudiante de la escuela preparatoria estatal No. 10 Rubén H. Rodríguez Moguel. El relato que acaban de escuchar es ficticio, pero sin duda alguna representa lo que miles de jóvenes vivieron ese miércoles 2 de octubre de 1968, cuando decidieron ejercer su derecho a participar en la vida pública del país.
México, a lo largo de los años, ha sido un país que se ha encargado de limitar y reprimir las ideas y pensamientos de los adolescentes, engañándonos con la idea de que la democracia sólo existe cuando se deposita un voto cada tres o seis años; que la política es asunto de aquellos con más experiencia que nosotros y que nuestra participación y opiniones acerca de la situación pública de nuestro país es totalmente nulas al no tener la mayoría de edad.
Muchos pensarían que los derechos humanos y la democracia, son aspectos que no tienen relación entre sí, que se encuentran en total alejamiento uno del otro, pero se equivocan, pues ambos tienen un objetivo en particular: permitir que las personas vivan dignamente y con comodidades.
Es muy sencillo reconocer que uno de los derechos que está totalmente ligado a estos aspectos es “la libertad de expresión” el cual según los artículos 6° y 7° de la carta Magna de nuestro país y el artículo 19° de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, nunca debe ser privado, prohibido o restringido de nosotros, pues es algo que constituye nuestro desarrollo humano y la relación con nuestro contexto social.
Entonces, si expresar nuestra opinión es un derecho humano que toda persona en el mundo, sin importar cuál sea su condición, puede ejercer ¿por qué cuando nosotros, los adolescentes, queremos dar nuestra opinión acerca de sucesos o aspectos político-democráticos que sean de interés para nuestra comunidad, terminamos callados, regañados y burlados? ¿Por qué nos hacen pensar que nuestras ideas y planteamientos son menos que los de otros? Siempre se usa la misma justificación o respuesta: “porque no tenemos la mayoría de edad” o “porque no mostramos el interés suficiente”.
Todos estos pensamientos, nos han llevado a generar la idea de que la culpa de estas injusticias y restricciones son responsabilidad absoluta de un organismo: nuestro mismo gobierno. Pero no se equivoquen. La culpa no es tanto suya, sino nuestra. Nuestra porque nos hemos creído la fábula de que nuestra sociedad vive en una democracia sólida y absoluta, que permite la libertad de expresión y la participación ciudadana de chicos y grandes, hemos creído que nuestro país es una nación que nos permite ejercer con seguridad y plenitud este derecho que se nos ha otorgado desde hace 102 años.
La culpa es nuestra, por quedarnos inertes detrás de un teléfono, por perder el interés en la historia y creer lo que nos han pintado los libros de texto durante más de 90 años. Ha sido nuestra responsabilidad, por engañarnos con la idea de que hasta que no tengamos 18 años lo que pase en México no es nuestro problema y no nos afecta en nada. Nuestro mayor error es dejar que otros decidan por nosotros, algo que ha impedido que las nuevas generaciones puedan generar una postura analítica sobre lo que sucede dentro y fuera de nuestro país.
Es importante y necesario, que los jóvenes se preocupen por ejercer estos derechos, pues son fruto de numerosos años de conflictos, de sangre y sufrimiento. Son resultado de movimientos como el del 2 de octubre de 1968, donde tantos niños y personas que sólo querían ser tomados en cuenta, se toparon con gobiernos autoritarios y sin tolerancia alguna.
Necesitamos utilizar la libertad que tenemos para expresarnos, para tratar de motivar y guiar a otros jóvenes que se encuentran perdidos en este mundo de engaños, para enseñarles todo lo que se tuvo que luchar para tener lo que hoy en día gozamos y así crearles conciencia y sentido de pertenencia. Necesitamos empezar a involucrarnos en lo que pase en nuestro país y sociedad para no caer en los mismos errores que nuestros padres y abuelos cometieron: permitir que otros tomen el control sobre nuestras vidas y país.
Estoy cansado de tantas injusticias, debemos participar y hacer valer nuestros derechos, hacerle ver al país que estamos listos para tomar nuestras propias decisiones, que podemos elegir lo mejor para nosotros y para nuestra nación. Yo creo que, si somos capaces de responder a aquellas peticiones con responsabilidad, tendremos el gran aval para continuar con este levantamiento masivo de conciencias.
¿Realmente somos el futuro de México si aprendiendo del pasado y viviendo el presente, no damos la talla?
Hoy es miércoles, me levanté listo para este concurso, me despedí de mi madre y le prometí que haría una buena participación; fui a la escuela, di lo mejor de mí como todos los días, reí con mis compañeros y estoy seguro que lo haré por mucho tiempo más, aún no quiero irme, porque tengo voz, valentía y libertad.
Muchas gracias.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Sir Salazar de Caucel (Parodia a Don Quijote de la Mancha)


En la anhelada y lejana tierra de Ciudad Caucel, vivía un íncola de clase media, honorable y joven de nombre Kevin Martín Salazar. Entre los habitantes de la región se le conocía “como el relojero de oro”, pues cada amanecer tenía la misión de encaminarse puntualmente hacia su instituto sin importar obstáculos o malestares, pues sabía que era fundamental cumplir con las obligaciones de toda imberbe persona.
Un día del mes de mayo, Salazar se encontraba subiendo al transporte público de forma rutinaria y sin problemas, cuando de repente, un deformado y olvidado tramo del camino hizo saltar de forma violenta al camión junto con todos los pasajeros, causando que Kevin se diera un enervante golpe con uno de los agarres de la parte superior, el conductor se detuvo preocupado, pues no sabía si el chico estaba bien. Después de unos minutos donde el mador era totalmente visible sobre su cabeza y castaña, el joven despertó con una actitud un tanto distinta.
- “¿Qué hago en esta carrosa de metal?” Preguntó con una mirada desorientada y ante las miradas de decenas de personas.
- “Oye chico tranquilo ¿estás bien?” Declaró el preocupado conductor.
Después de aquel pequeño intercambio de palabras Kevin fijó sus ojos hacia la salida del camión y se dirigió hacia ella sin ser detenido por nadie.
- “Soy Sir Salazar de Caucel, caballero puntual” Exclamó antes de salir de la unidad de transporte.
Ya en el exterior no sabía a donde ir, pues no estaba totalmente seguro de donde se encontraba. Miró al cerúleo cielo y supo que tenía que ir al norte ¿por qué? Ni el mismo lo conocía, pero sentía que algo lo aguardaba ahí. Después de un cuarto de hora de camino se encontró con su escuela, la cual en ese instante era desconocida para él. Se quedó un rato observando la entrada cuando escuchó la estruendosa voz de un ser que parecía poderoso, inigualable y te apariencia glabra.
 - “¡Por la espada de Merlín, este hombre debe tener encerrados a todas esas personas que se encuentran dentro de este novedoso estilo de calabozo!” Exclamó con total angustia.
Era demasiado claro que el pensaría que aquella ordinaria escuela fuera un calabozo al observar que los ingresados se encontraban clasificados por uniformes de colores. Quería salvarlos, pero no sabía como entrar, hasta que observó que uno de los esbirros de aquel ser gigante, dejó el portón abierto y sin seguridad. Tomó la escoba que estaba en la entrada y exclamó:
- “Por los poderes que Macbeth me concedió juro apuñar esta espada con honor hasta el final”.
Ya adentro actúo sigilosamente, no quería ser descubierto, exploró lo que era la dirección y algunos salones principales, hasta que escuchó que el villano se acercaba, por lo que no tuvo otra opción que esconderse en el baño más cercano, el de mujeres. Creía que ahí estaría seguro y sin riesgo hacer descubierto, cuando de repente, escuchó la voz de una fémina totalmente indignada por su presencia en ese lugar.
- “Oye amigo, no deberías estar aquí es el baño de mujeres”. Le dijo con enojo.
Sir Salazar estaba apenado, se sentía deshonrado y condenado, nunca había visto a una mujer que usará tal lenguaje con él. No obstante, se había percatada que al igual que el resto llevaba un uniforme, lo que significaba que también era una ilota de aquel glabro con voz gruesa.
- “Me he percatado que también se encuentra esclava de los poderes de aquel gigante que ronda por los pasillos”. Le dijo con gran formalidad.
La chica estaba confundida, pues no sabía a que gigante se refería, por lo que le exigió que saliera del baño, cuando en un momento de temor escuchó nuevamente la voz gruesa del negrero, por lo que tomó a la mujer y la encerró en un cubículo con el fin de protegerla, una vez que pasó el esclavizador le dijo:
- “No os preocupéis, yo la protegeré, debe permitirme persuadirla de huir conmigo, una dama de tal venusto rostro no debería vivir en tales condiciones”. Le agregó.
La tronga mujer quería su libertad, por lo que empezó a gritar que la soltara.
- “Tengo que irme, debo suponer que no es la única persona en problemas, pero antes, dígame su nombre, necesito conocerlo”.
- “¡Dylan, me llamo Dylan!” Gritó con el fin que alguien lo escuchara y viniera a su verdadero rescate.
- “¿Dylan? Hermoso nombre, la llamaré si usted me permite Crushinea de… ¿en dónde es aquí? Sí no es mucha molestia”. Le preguntó.
- “Los Balcones III”. Le respondió.
- “¡Perfecto, no os preocupéis Crushinea de Balcones, mi quillotra del alma, volveré por usted!” Dijo antes de marcharse.
Salió del baño decidido a librarse de aquel villano que había bautizado como Lord Neil “El destructor”, hasta que un esférico, un balón de basquetbol lanzada por Bryan Kin Flores, un estudiante y miembro de la selección de la escuela, lo golpeó en la cabeza, haciéndolo recobrar la cordura.
Fue llevado a un hospital donde había sido atendido debido a la conmoción que había sufrido, donde entre explicaciones y recuerdos, todos se encargaron de hacerle saber su “hazaña” que había intentado culminar, entregándole no sólo el apodo del “Bienquisto” por su loca aventura, si no su reporte y citatorio que se le había otorgado en reconocimiento a su valentía.


Fin.